
Tiene varios nombres, casi tantos como los lugares caribeños y calurosos en los que se luce. Prenda fresca, informal y refinada, la guayabera ha sido usada por personalidades de alto renombre y poder. Hoy sufre los males de la crisis económica y de los cambios de paradigma en la producción industrial textil.
Aquejados por la incursión de prendas chinas, los productores de Yucatán, México, tuvieron que cambiar su modelo de negocio y su forma de producirlas, elegiendo la calidad por sobre la cantidad ante la imposbilidad de hacer frente a la cuantiosa exportación oriental de esa prenda.
La decisión, según datos de la Cámara Mexicana de la Industria del Vestido, resultó exitosa: en 2008, mientras las exportaciones masivas cayeron un 60 por ciento, las de guayaberas finas aumentaron un 80 por ciento, generando ingresos por más de u$s 110 millones.
MUCHOS NOMBRES. Algunos de los nombres con los que se la bautizó causan gracia: yayaberas, guayabanas, cubanas o cubanitas, camagüeyanas, manzanilleras, trochanas, chacabanas o guayamisas.
Cualquiera sea la denominación que se use, en la actualidad la famosa y original guayabera trata de salir indemne de los coletazos de la debacle financiera que se viene azontando hace casi un año. Al impacto de la crisis se agrega la sombra de China, un gigante productor de prendas textiles que amenza en pegarle un duro golpe a los que finamente confeccionan esta reconocida camisa suelta ideal para climas cálidos, de mangas largas o cortas, cuatro bolsillos –dos arriba y dos abajo–, dos hileras de alforzas en el pecho y tres en la espalda y no menos de 25 botones.
A través del tiempo y el espacio, el humilde y tradicional atuendo campesino de Cuba y la península mexicana de Yucatán no sólo se internacionalizó sino que también llegó a los salones del poder y el mundo del espectáculo para desatar una verdadera guerra comercial.
Para protegerla de la competencia de China, los mexicanos, y en particular los yucatecos, esperan que la Organización Internacional de Comercio (OMC) haga valer su certificado de origen, según dijo Lourdes Rodríguez Ávila, de la Cámara Mexicana de la Industria del Vestido.
Importada de Cuba por la semejanza climática, los costureros yucatecos la modificaron y adoptaron como su producto más emblemático. “Si Yucatán es la entrada al mundo maya, Mérida (la capital de Yucatán) es la entrada al mundo de la guayabera”, fue el lema que se impuso a mediados del siglo XX para promocionarla.
RAÍCES Y PERSONAJES. Imitando a los guajiros cubanos y a los “mambises” (miembros del ejército independentista cubano), Ernest Heminway, Joseíto Fernández -el autor de “Guantanamera”-, Benny Moré y Compay Segundo fueron los encargados de presentar la guayabera en sociedad.
El escritor colombiano Gabriel García Márquez vistió una guayabera blanca en 1982 cuando acudió a Estocolmo a recibir el Premio Nobel de Literatura. Y en su primera reunión bilateral en diciembre pasado tanto el presidente de México, Felipe Calderón, como el de Cuba, Raúl Castro, vistieron esta prenda.
Pero los yucatecos no se percataron del valor de las joyas de lino y botones de concha-nácar que confeccionaban y usaban comunmente hasta que los japoneses y taiwaneses, primero, y los chinos después las copiaron y comenzaron a venderlas en todo el mundo.
Los competidores asiáticos sustituyeron el lino hasta por un 80 por ciento de poliéster y el resto por algodón, el nácar por material plástico y la elaboración artesanal -a medida- por la producción industrial, y derrumbaron los precios para venderlas en cinco o seis dólares.
A mediados de los años setenta el presidente mexicano Luis Echeverría dio la voz de alerta. Se vistió con guayaberas de lino irlandés o algodón egipcio para convertirlas en símbolo de la nacionalidad y promoverlas en el exterior.
Pero ya era tarde. El gran público de Miami, Puerto Rico, República Dominicana, Centroamérica y Filipinas ya había comenzado a recurrir a las económicas guayaberas orientales.
“En México entraban de contrabando desde San Francisco y Los Ángeles”, relata José Araujo, de 75 años, fundador de la más antigua y afamada fábrica de guayaberas de Mérida, aun en funcionamiento.
Araujo cuenta que en tiempos de Echeverría llegó a haber unas 120 fábricas en el estado de Yucatán, pero que la competencia desleal obligó al cierre de un 70 por ciento.
“Exportábamos principalmente a Puerto Rico. Después, personalidades de la política y el espectáculo, como Ronald Reagan, George W. Bush y Ricky Martín recurrieron a nuestra tienda para encargarlas a medida”.
Fue la constatación de que el mercado se había segmentado, reservando una porción de lujo para consumidores de alto poder adquisitivo, la que hizo que los costureros yucatecos optaran por la calidad en lugar de la cantidad.
La calidad se manifiesta en la permanencia del lino y el nácar natural, en la cuidadosa elaboración de los cuellos y el cosido de 20 piezas diferentes, sin contar las alforzas.
Hoy, luego de saber que la distinción que otorga la producción artesanal es un valor diferencial incomparable respecto de sus competidores, la industria intenta volver a hacer pié y generar piezas finas que sean lucidas por personalidades destacadas y amantes del buen vestir. Esa es la única manera que la industria mexicana –especialmente yucateca- resurja y se airee.