Las grandes compañías destinan cada vez más presupuesto a la búsqueda de nuevos productos, servicios o procesos. Sin embargo, la Argentina sigue rezagada en la materia. Cuánto invierten y cuánto ganan Techint, Los Grobo, IMPSA, Roggio y Bagó por estar a la vanguardia.
Por Cristina Mahne y Gabriela Ensinck
De manera creciente, la innovación en la Argentina sale de las vitrinas de los asépticos laboratorios y se expande por las plantas de compañías de todos los rubros. La definición que conjuga idea novedosa, técnicamente posible y económicamente rentable cada vez más está comprendida en artículos, servicios o procesos productivos y de gestión que tienen en común la búsqueda de más calidad y menos costos laborales, con el objetivo final de incrementar la rentabilidad corporativa.
En un reciente documento de AEA se sostiene que los "culpables" de semejante empuje son un grupo de empresas que se destacan por su foco constante en Investigación y Desarrollo (I+D). Bioceres, de Los Grobo, es una de las compañías que nació con este objetivo. Desde su fundación, en 2001, facturó u$s 5 millones que invirtió en una docena de proyectos, entre los que se incluyen el desarrollo de semillas de soja, trigo y maíz resistentes a suelos secos y salinos.
"Cinco millones es muy poco", minimiza su presidente Gustavo Grobocopatel. Pero están sembrando para cosechar. Si bien la empresa ya solicitó patentes de genes, además de en la Argentina, en Estados Unidos, China, India, Australia, Brasil y México, el campo de acción es mucho más amplio: biocombustibles, biofármacos y biorremediación, es decir, la reparación de daños ecológicos.
Graciela Roggio preside Prominente, la empresa del grupo familiar que se especializa en tecnología de la información y gerenciamiento de proyectos que desarrolló un set de herramientas para mejorar la eficiencia de las compañías. Otro de los productos de Prominente es Crossway, una solución que permite administrar de manera remota todos los recursos externos de una compañía y se aplica a rubros diversos como correo, alimenticias, autopartistas, alquiler de autos y organismos oficiales, entre muchos otros.
DESAFÍO.
Paula Nahirñak, economista del Ieral, instituto de la Fundación Mediterránea, es coautora junto con Gabriel Sánchez y Hernán Ruffo de un estudio sobre innovación e I+D en la Argentina. El documento alerta sobre dos puntos: el gasto asignado resulta bajo, y se realiza principalmente a través de la adquisición de maquinaria y equipo.
"Las tendencias que había antes de la Devaluación se mantienen. Pero como se encareció la compra de máquinas, hay un vuelco hacia la I+D", explica Nahirñak a FORTUNA. Otra de las conclusiones del estudio tiene que ver con los resultados de estar a la vanguardia. La incorporación de hardware y software innovativo genera "al menos tres veces más productividad que la adquisición de capital físico", observan Nahirñak y sus colegas.
Uno de los diez mayores grupos empresarios de capital argentino y uno de los mayores proveedores mundiales de soluciones integrales para proyectos de generación hidroeléctrica y eólica, Impsa, invirtió en uno sólo de sus desarrollos u$s 15 millones. Ése fue el monto destinado a un generador especialmente diseñado para la Patagonia, que esperan exportar.
Con casi un siglo en la provisión de bienes de capital de alta tecnología, la compañía que encabeza Enrique Pescarmona dedicó tiempo y esfuerzo a este producto con aspas de fibra de vidrio y resina que puede cubrir hasta un 20% del total de la oferta argentina de energía.
PRESUPUESTO.
Tenaris es otra compañía que otorga gran peso a I+D: u$s 45 millones anuales, aproximadamente el 0,7% de su facturación. Cuenta con su propio Centro de Investigación Industrial en Campana, provincia de Buenos Aires, desde donde genera conocimiento aplicado al desarrollo de nuevos productos siderúrgicos. La empresa posee 191 patentes otorgadas –entre las que se destaca una exclusiva rosca premium para la explotación petrolera y gasífera que reduce riesgos y tiempos de falla– y otras 400 en análisis.
Bagó también cimienta sus descubrimientos dentro de las paredes de su Instituto de Investigaciones, que alumbró entre otros hallazgos medicamentos innovadores como antiinflamatorios no esteroides, antibióticos y ansiolíticos. La compañía exporta sus especialidades medicinales y procesos terapéuticos a más de 50 países y cuenta con 20 filiales productivas.
Recientemente, el laboratorio firmó un joint venture con Ferozsons Lab, empresa centenaria de Pakistán, para la creación de una compañía que se dedicará a la producción de una línea biotecnológica y oncológica. La inversión fue de u$s 15 millones y la inauguración de la planta está prevista para mayo próximo.
"Es preferible competir sobre la base de conocimiento, educación y diferenciación de productos, factores que tenemos y que estamos en condiciones de incrementar", sostiene Sebastián Bagó, copresidente de la compañía.
Pero no en todos los casos el éxito está a centímetros de la pipeta. "La inventiva argentina es muy buena. Lo que falla es la implementación", sostiene Pablo Sierra, director de Coordinación Institucional de la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación y organizador el concurso Innovar (ver recuadro). Los errores se suceden "en el paso del invento, que es una chispa de creatividad, a la verdadera innovación, que se produce cuando la idea se plasma en un producto o servicio. La primera batalla es técnica, que el sistema funcione. La segunda es económica: que los consumidores acepten esa nueva propuesta".
Entre los obstáculos que encuentran los empresarios que buscan innovar, según los economistas del Ieral, se cuentan el financiamiento, el pequeño tamaño del mercado doméstico, los costos de capacitación y los retrasos en el uso de tecnologías de la información y telecomunicaciones.
Para los que quieren pero no pueden, la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica ofrece tres instrumentos de financiación: el Fondo para la Investigación Científica y Tecnológica (FONCyT), con subsidios para investigación básica; el Fondo Tecnológico Argentino (FONTAR), con créditos blandos para investigación aplicada, y el Fondo Fiduciario de Promoción de la Industria del Software (FONSOFT).
Bernardo Kosacoff, director de la Cepal en Buenos Aires, destaca que la inversión en I+D como porcentaje del PBI en Estados Unidos ronda el 2,6%; en Europa, el 1,73%; en Asia, el 1,71% y en Brasil el 1,04%. En la Argentina, apenas alcanza el 0,44%: en 2004 se destinaron cerca de $ 2.000 millones, es decir unos u$s 666 millones.
Pero lo que más inquieta es la composición de esa inversión. A nivel global, la Argentina es la mosca blanca porque dos tercios de los fondos que van a I+D tienen origen público, guarismo sólo superado por Venezuela. En el otro extremo, el Estado es responsable en Japón de apenas un 18% de lo que se destina a I+D, en Corea de un 25% y en Estados Unidos de un 32%.
William Maloney y Guillermo Perry, economistas del Banco Mundial, estudiaron la problemática en el continente. Llegaron a la conclusión de que, justamente, más compañías deben recoger el guante. "Si no hay demanda de innovación desde el sector privado, los esfuerzos por mejorar la capacidad científica y tecnológica por el lado de la oferta serán infructuosos. Invertir recursos públicos no se traducirá en un aumento de la productividad a menos que –advierten– el sector privado asuma el papel que le corresponde". A menos que, en suma, haga negocios desde compañías cada vez más "cerebro intensivas".